martes, 10 de junio de 2014

Soledades II




      Indagar ciertos aspectos, digamos, propios. Cosas de uno. No con el psicoanalista. No tengo nada contra los psicoanalistas. Son comerciantes del alma. Los hay buenos. Pero allá ellos. Hablo de esas cosas que solo uno se puede preguntar. Esas inquietudes muy personales, tan personales que, diría, no hay lenguaje que pueda exteriorizarlas, que pueda hacerlas carne. Uno lo sabe. Solo uno. Están en la propia conciencia (no de una conciencia moral, sino de una "voz" que nos habla, que nos dice, nos llama, como la categorizaba Heidegger) y nos acompañan siempre. Nos acompañan desde la infancia (pero, insisto, no se puede hablar con el psicoanalista). De eso que no tiene nombre, que no se puede nominar, enunciar. Lo innominado. Eso somos. Lo que no somos. Lo que no se puede nombrar. Lo que no se puede definir. Es imposible definirse a uno mismo. Se puede hacer el intento; pero se nos escapa. Siempre estamos expuestos ante los Otros que nos categorizan, nos ubican en tal o cual categoría, nos adjetivan. Pero siempre que dicen eso nos parece que nos están parcelando. Que solo dan cuenta de un aspecto de nosotros. Y es así. Los Otros solo puedan decir algo, algo pequeño, que no nos abarca, que no nos define completamente. Porque les falta saber algo. Esa falta que solo nosotros conocemos. Esa falta de la que habla nuestra conciencia. Se puede exteriorizar de cierta forma. "Se muestra" en forma velada. Se muestra no mostrándose. Es una a-pariencia. A-parece. Es lo que no nos define. O lo que no se entiende. Es una profunda soledad que se exterioriza a veces como tristeza, a veces como alegría, a veces como un híbrido entre ambos. Es algo que desconcierta. Ese algo (que es nada) marca nuestra profunda soledad. Estamos solos ante el mundo, profundamente solos. Somos nosotros y el mundo. Los otros no son el enemigo (algunos sí, y es bueno saber identificar a los enemigos) pero nos perturban. Nos incomodan. Porque nos muestran a nosotros tal cual somos. Son soledades que, parece, se aproximan. Y sin embargo, estando cerca, estamos cada vez más lejos. No nos conocen. Somos un enigma para cada uno de nosotros. Un misterio. Cada persona es un misterio porque es una soledad. Es ese algo, ese innominado, que nos anuncia ante los otros ese misterio. Nos anuncia nuestra soledad.
     Pienso, luego soy. Eso, al nivel de la conciencia. Al nivel de la razón. Pienso mientras existo define un poco mejor nuestro tiempo (tampoco tanto, hay niveles que superan a la conciencia y a la existencia, pero yo me mantengo todavía acá). Existo, en este mundo, en esta realidad. Estoy solo. Obviamente, están los demás. Pero sigo solo. Nadie puede entender mi soledad. Mi angustia. Y trato de exteriorizarla pero es en vano. Sólo "yo" sé lo que es mi padecimiento, mi angustia ante el mundo. Mi soledad. Ese solipsismo, ese dictum cartesiano, todavía sigue en pie. Todavía nos hace pensar. Porque, en el fondo, seguimos solos.

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